El autoengaño

U. es un entrenador personal, y me comentaba, hablando de su actitud con un cliente:

Es que yo veo que este chico necesita caña, y si le diera caña mejoraría! Pero no me atrevo, no le quiero decir según qué porque me preocupa que piense que soy un «borde».

Fíjense, aquí entran en conflicto dos pensamientos: «mi cliente debe mejorar su rendimiento físico» versus «quiero que los demás tengan una buena imagen de mí». Cuando dos ideas son contradictorias, un malestar se instaura en nosotros.

Coherencia pensamientos-acciones

Tenemos la necesidad de que nuestras creencias y nuestros comportamientos tengan coherencia entre sí. Nos genera una especial incomodidad cuando nuestras ideas entran en conflicto con lo que hacemos y buscamos formas de paliar este efecto.

Para que todo nos encaje, acudimos a una serie de «trucos». Una de las estrategias más comunes para no sentir esta disonancia entre los pensamientos y las acciones es el autoengaño. Y sí, todos lo utilizamos, y más a menudo de lo que pensáis.

Algunos ejemplos de autoengaños muy comunes

Las personas que se autoengañan convierten la mentira en una verdad y queda resuelto este conflicto interno.
Un ejemplo muy común de este proceso es cuando se nos plantea un trabajo al que optamos pensando que las condiciones eran muy buenas, pero desde el momento que no nos cogen, nos autoconvencemos que no era una buena oportunidad y le encontramos muchas pegas. El puesto ofertado nos gustaba antes y en realidad también nos gusta ahora, pero nuestra mente activa este mecanismo para amortiguar al máximo el impacto emocional que esto puede tener en nosotros. Pero este tipo de autoengaño, es adaptativo: nos ayuda a asimilar las cosas que nos pasan y a ir adelante.

Otro tipo de autoengaño es cuando hacemos algo que va en contra de nuestros valores. Por ejemplo, defendemos la igualdad entre las personas, pero evitaremos contratar una mujer en edad de formar una familia para evitar asumir una baja por maternidad. «Hombre, claro, es que el sistema no está bien montado y no favorece a este colectivo» es el tipo de argumento que nos ayuda a transferir la culpabilidad. Nos deshacemos de esta responsabilidad y así evitamos la incomodidad que nos genera hacer algo contrario a lo que pensamos.

Otras veces, utilizamos el autoengaño para sobrevalorar las capacidades que tenemos. «Fumar es perjudicial, pero lo dejaré el día que me ponga». Si no te pones ahora … Es porque en realidad no te ves con fuerzas de hacerlo. Y asumir este hecho nos puede desmotivar y bajar la autoestima. Por ello, nuestro cerebro prefiere el autoengaño y «protegernos».

¿Es el autoengaño adaptativo?

Muchas veces, lo es. Nos ayuda a preservar nuestra confianza en nosotros mismos y evita ciertos daños que nos puede provocar este cortocircuito.

Muchas otras veces, no lo es. Cuando utilizamos el autoengaño como sistema, evitamos chocar con la realidad de frente y nos priva de crecer como personas y superarnos o incluso optar por algo mejor.

Te toca a ti evaluar tus autoengaños: ¿qué cosas haces que en realidad va contra de lo que piensas? ¿Y qué argumento te das para resolverlo?

Nota: Los casos transcritos a mis artículos son situaciones reales vividas en consulta, pero se abstienen de datos identificativos (incluso la inicial es ficticia) y se publican siempre con el consentimiento previo del paciente.

 

Mélanie Perpiñá es Psicóloga General Sanitaria y Terapeuta | Clínica Ment

Mélanie Perpiñá

Psicóloga y Directora Sanitaria

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